domingo, 15 de noviembre de 2015

LOS COMPADRES DEL DOLOR

Los otros días estábamos en Abra Pampa, festejando un aniversario de la “Ley de Medios”. Nos juntamos en la plaza central. Convocamos a bastante gente y pasamos videos de la historia de la 26.522 y su valor social y cultural. Fue intensa la actividad, y gratificante. Pero sucedió algo insólito. De golpe, de la nada, en un instante, un viento súbito, una ráfaga, en milésimas de segundos nos volteó el banner del AFSCA y la pantalla. Pero no fue agresivo. Fue como un “llamado”. Yo sentí que el viento quería hablar, quería decirnos algo. Y, a los pocos días, leí en un diario la triste historia de Laura, la chica de La Quiaca. Era eso, sin duda.
Acá –es bueno saberlo– todo es de todos, y todos somos uno. Espero que se entienda. Las cosas son la gente, y viceversa. Las cosas hablan, por ejemplo, y hay que escucharlas.
Los duendes son personas, generalmente, “de mal morir”, almas que andan penando (sobre todo niños) y llaman nuestra atención metiéndose en los objetos, o jugando con ellos, como un acto de protesta, solicitando nuestra compasión y su liberación. No el perdón, su liberación.
Leí en el diario “Con dolor, cerramos tres búsquedas”. Creo que el viento quería decirnos eso.
En la Puna –es bueno saberlo, ya que mucha gente no lo sabe– pervive un ritual, un código, un pacto de la comunidad con la naturaleza. A los niños no se los quiere. No, claro, hasta que no pasan el umbral de la muerte, de la llamada “mortalidad infantil”. No tienen sexo, ni nombre siquiera; se los llama “criatura” nomás; no hay que encariñarse con ellos, pues se pueden morir, y qué haríamos entonces con el cariño. No se los cuida, sino lo muy necesario, lo básico, para que pueda superar el tremendo umbral. Por lo general, el niño sufre un gran descuido estético.
Eso sí, una vez superada la fatal prueba, se practica el ritual del “Chujcharrutu”: toda la comunidad le da la bienvenida a la vida plena; se lo bautiza, se le pone nombre (un lindo nombre elegido por todos), y todos son compadres (o co-padres); el niño es responsabilidad de todos. Se lo hermosea, se le hacen infinidad de regalos y se genera una gran fiesta colectiva en toda la comunidad. Todos prometen cuidarlo y guiarlo en la vida. Entonces festejan también los compadres y las comadres. Se le corta el pelo al niño y cada padrino se lleva un mechón que guardará toda la vida. De allí viene el festejo del “jueves de compadres”, o de comadres, que transculturalizó el carnaval eurocéntrico. Los compadres están alegres porque le han ganado una batalla más a la muerte, han ganado una vida más para la comunidad y se hacen promesas de no descuidar esos lazos del tejido social comunitario. Cada año se sucede el ritual.
Y pude leer la noticia en el diario: “El Equipo Argentino de Antropología Forense estableció que Alicia Tierra, Mónica De Olaso y Laura Romero fueron asesinadas mientras estaban embarazadas. Con esta información, las Abuelas dieron por finalizados tres casos denunciados por la institución”.
¿El viento quería decirnos eso? Y continúa la noticia: “Morocha también, Laura Romero había nacido en La Quiaca, Jujuy, pero fue el barrio porteño de La Boca el único que la disfrutó libre. Allí vivía Willy, Luis Guillermo Vega Ceballos, su compañero de militancia en el PRT-ERP y de vida. Cuando los secuestraron, el 9 de abril de 1976, Laura tenía 20 años y cuatro meses de embarazo”.
Ni Laura ni el niño pudieron superar el umbral de la muerte, aunque ella sabía que los esperaba el “Chujcharrutu” para festejar la vida. Las Abuelas de Plaza de Mayo también esperaban, desde hace 39 años, tener un mechón del niño, darle un abrazo –como saben hacerlo– y cobijarlo en el cuenco comunitario que supimos construir en estos años, a veces con triste alegría. Pero, a instancias del EAAF, decidieron liberarlos, al niño y a la madre. Para no andar penando.
Estas cosas no aparecen en los grandes medios de comunicación. Por eso estamos construyendo una red, la primera Agencia de Noticias de radios comunitarias jujeñas. La Ley de Medios que debemos defender, por la que luchamos –como buenos compadres– es la que nos permite escuchar al viento.

Alejandro Carrizo

Noviembre de 2015

sábado, 28 de febrero de 2015

EN TIEMPOS DE ÑAUPA

La estética protectora




A mediados del siglo XX, cuando ya habían pasado las guerras mundiales, cuando todavía vibraba el fenómeno del peronismo (aunque estuviese proscripto), cuando exultaba el incipiente desarrollo industrial argentino, todo hogar popular tenía una estética característica, bien definida. Aunque venía en ascenso el boom del plástico (ya empezaban a verse los manteles de plavinil), en ningún hogar digno podían faltar tres elementos decorativos que respondían a cierta “identidad” nacional (aunque ella empezase a verse tan vapuleada): la fe, la fortuna y el tiempo, ellos representados, por un lado, por una pequeña cápsula hermética llena de agua que contenía una virgen –generalmente la Del Valle, la de Belgrano– a la que uno daba vueltas o agitaba y producía un fenómeno tan asombroso como lejano: una nevada. Otro elemento infaltable era el clásico elefante blanco de porcelana al que había que atarle un billete en la trompa para que nunca faltase la plata en la casa. Pero el objeto más singular era el gallito del tiempo, una graciosa escultura de cristal murano soplado, de no más de 10 centímetros de altura, que estaba de color rojo cuando hacía calor, o se ponía de color azul cuando hacía frío. Se podía detectar en el rostro de los adultos una mirada como al pasar al gallito antes de salir de la casa para estar prevenidos ante los cambios de temperatura. Algún amigo me dijo que si miraba bien, se podía notar en él un color verde cuando iba a llover. Los chicos nos pasábamos horas mirando el gallito para ver cuándo cambiaba de color, y casi ninguno lograba detectar el momento preciso. Era pura magia, claro, pero era una estética protectora, de pertenencia. También en este sentido podría incluirse a la biblioteca, pero ese mueble variaba según la familia, era muy particular. Lo que sí marcaba una gran diferencia social era el reloj de péndulo –que sólo tenían las familias acomodadas–, pero eran muy violentas sus campanadas; daban miedo. AC
EN TIEMPOS DE ÑAUPA

La velocidad del tiempo



Casi siempre, en toda casa –por más humilde que esta fuera- había un reloj de arena, de esos que parecían una mujer de cintura ajustada, esos que cuando se los ponía a funcionar, es decir se los daba vuelta, duraban 3 minutos en volcar la arena desde el cubículo superior al de abajo. Eran muy baratos, y los chicos los usábamos para jugar a distintos juegos: a las escondidas los más pequeños, o para responder preguntas amorosas los adolescentes. Por ahí las madres los usaban para hacer un huevo poché o para un toque de horno a las comidas recalentadas; o, simplemente, para ponerlo a andar y quedarse horas mirando cómo pasaban los granitos de arena por el mínimo embudo.

Así era la velocidad del tiempo antes. No había vorágine o desesperación (no al menos en eso); no se necesitaba medir todo (¡qué nos íbamos a imaginar el “nano segundo”!). Charles Chaplin, en el monólogo final de El gran dictador dice: “hemos desarrollado la velocidad, pero nos encerramos en nosotros mismos”.

Así era el tiempo antes. Generalmente estaba en una vitrina, o en la mesa del comedor. Sólo se lo ponía a rodar para algo específico; si no, estaba ahí, quietito, más lento, como invitando a vivir (a gozar) más tranquilos la vida. Sólo pocas familias –las de mayor poder adquisitivo- tenían uno grande, que duraba una hora. Yo nunca vi uno, pero me contaron. AC

sábado, 17 de enero de 2015

El gran PEDRO ORGAMBIDE



Era verano. La humedad de la gran ciudad se hacía sentir. Yo venía del interior, del norte, de la intensa Tucumán. Salí de casa con un pepelito con la dirección de la revista. Al dar el primer paso, tomé mucho aire; quería beberme de un sorbo a Buenos Aires. Llevaba bajo el brazo los originales de mi libro «Elementos», premiado por el Fondo Nacional de las Artes, un atado de cigarrillos y cierto paso cansino, un tiempo místico distinto que pretendía adaptar rápidamente a los códigos de la gran urbe. No quería tomar colectivos; quería conocer todas las calles, las avenidas, los ruidos, los mil rostros de la gente. Pero a medida que avanzaba sentía crecer una sensación de vértigo desafiante por dentro.

Llegué a la Avenida Pueyrredón al 1000, toqué el timbre y una voz latosa me abrió la pesada puerta desde el portero eléctrico. Subí cuatro pisos por un ascensor antiguo de rejas y ruidoso. Cuando llegué, presentí un frío letal en las paredes, como anunciando un final dramático en la historia que se iniciaba; aunque alguien me recibió con un beso y rápidamente  –sin demasiados prolegómenos– comenzó a presentarme a los nuevos compañeros de trabajo. Me deslumbró el ambiente a redacción puro que se respiraba. Todos estaban muy ocupados; algunos corrían por los pasillos, pero cada uno a su turno se dio tiempo para saludarme amablemente. Hasta que llegué a la última oficina: «Diseño».
Allí había dos hombres: uno me dio la mano y rápido volvió a sus plumines y a sus pegamentos. El otro esperó su turno. Estaba vestido de un impecable traje gris; tenía unos anteojos gruesos que sin embargo no lograban cubrirle la profundidad de su mirada. Con una sonrisa que nunca olvidaré, me dijo: «¡Así que poeta; bueno, por fin están cambiando las cosas! Lo lamento por vos, hermano... mucho gusto. Pedro Orgambide». Después de esas dos últimas palabras, me corrió un hermoso escozor por todo el cuerpo. «¡El gran Orgambide!», me dije.

A partir de entonces, tal vez sin darme cuenta, yo solía buscar la oficina de «armado» donde a Pedro le gustaba estar. Una cosa me sorprendió de entrada: le gustaba que le contase cosas del norte argentino, de los poetas, de las comidas, de las mujeres. Así empezó nuestra relación, entre mates y notas culturales, entre reportajes y análisis políticos. Aunque –como pocos– escuchaba mis relatos, a mí me gustaba cederle la palabra, pues me deleitaban las historias de hombre de mundo que contaba.
Casi nunca se sentaba; siempre vestido impecable, caminaba por la habitación y teatralizaba los relatos; abría los ojos grandes y –lógicamente– armaba una estructura literaria precisa con cada cuento. Yo sentía que asistía a la literatura pura –si la podemos llamar así–, es decir sin libro, sin intermediarios más que el autor y el receptor. Yo gozaba escuchando su amistad con Cortázar, con Neruda, con Juan Rulfo, con Miguel Donoso; las mil anécdotas de la revista Cambio que fundó con todos ellos. El Premio Casa de las Américas, su vida en México, en Cuba y en Estados Unidos, el exilio, su gran apasionamiento por Roque Dalton, su particular punto de vista de Gardel, del Che, de Evita, su relación con García Márquez, con Raúl González Tuñón, con Efraín Huerta; su singular visión del peronismo y del «ser» argentino, me deleitaban, me mostraban el mundo lleno de amor, de locura y de muerte. Pero lo que más me atrajo siempre fue su sencillez y su efusividad, su gran carcajada sincera, su agudísimo sentido del humor y sus charlas conceptuosas. Por más frívolo que fuera el tema, Pedro siempre arribaba a una conclusión sabia y fundamentalmente con gran contenido estético.

Creo que de él aprendí que gran parte de la ética depende de la estética.
Y así pasábamos los días, en medio de mucho trabajo y un intenso diálogo. Me acuerdo que escribió un comentario sobre un libro que habíamos armado con un puñado de poetas tucumanos. Le había encantado un verso mío: «ahí va el poeta/ calza en la cintura la belleza/ lleva la palabra remontada», y me lo recitaba de vez en cuando. También recuerdo los dolores de cabeza que le provocaba el inefable juez Pons, especialista –al parecer– en perseguir poetas, pues también se había encargado de impedir la vuelta de Juan Gelman al país. Creo que esa fue una de las causas que atentaron contra su corazón.

No alcanzarían las páginas de muchos libros para enumerar la cantidad de actividades que generó Pedro Orgambide en el ámbito cultural. Escribió –como pocos– poesía, cuentos, novelas, literatura infantil, periodismo, teatro, óperas, ensayos, enciclopedias; organizó talleres literarios y periodísticos, entre tantos otros proyectos, aquí y en los países donde vivió.

En esos días en que estuvimos juntos estrenó –con Favero y Nacha Guevara– «Eva», ese estupendo musical. Y también recuerdo que sufrimos juntos la muerte de Humberto Costantini. Habíamos estado proyectando –también juntos– una revista cultural. Estábamos tan entusiasmados que parecíamos niños.

Un día de otoño –por fuera y por dentro– su corazón se le cansó y le dio un infarto. Sus ganas de vivir y seguir escribiendo y armando proyectos culturales pudieron más. Pero el grupo se disolvió. Después sucedió una catástrofe y perdimos a varios queridos compañeros para siempre de la revista «Entre Todos» (no entraré en detalles al respecto). Cada uno con su desesperación se agarró de donde pudo. Y Pedro, casi en silencio, como siempre, siguió escribiendo.

Después de un tiempo lo encontré de nuevo y me invitó a su departamento; cuando llegué estaba en medias. Lo único que hizo fue cargar el mate y nos gastamos unas horas hablando de bueyes perdidos (aunque esos bueyes dolieran en el alma). Pero Pedro siempre dosificaba todo con el buen humor. Esa tarde me contó aquella historia de su investigación sobre la vida de Roque Dalton. Dijo que en El Salvador encontró a un viejito que era zapatero y le contó esta anécdota: En los tiempos del Frente Farabundo Martí, Roque escribía y publicaba poemas desde la clandestinidad, firmados con varios seudónimos, hasta con nombres de mujer. Era uno de las presas más codiciadas por la dictadura. Y era uno de los poetas más queridos del pueblo pero nadie, ni sus familiares, podían dar con su paradero. Dice que aquel viejito sabio, tío de Roque, recibió la noticia de que por una aldea de las afueras había pasado un flaquito simpático que se había acostado con la madre, con las cuatro hijas y con una criada. Entonces el viejito dio un grito: «¡Por ahí anda mi Roquito!». Pedro contaba esta historia y concluía con una gran carcajada como festejando la tanta vida.

También le gustaba contar las peripecias de su estancia en Centroamérica, como cuando un profesor amigo lo invitó a ir al frente de batalla de la guerrilla y lo llevó en una balsa, con mujeres, ancianos y niños, cantando y comiendo comidas típicas, portando sólo una remerita, unos pantalones cortos y un gran pánico. O aquella anécdota donde se mofaba de sí mismo como «porteño engreído» cuando quiso levantarse a una bailarina cubana de cabaret y trató de impresionarla con cierta erudición pues acababa de ganar el Premio Casa de las Américas. Pedro decía «Ahí me coroné como el rey de los boludos. La mina no sólo era bailarina, o punto del cabaret, sino que además era profesora de filosofía, sabía un montón de literatura y hablaba varios idiomas, ¡además de ser dirigente en un frente en África!». Y a todos sus relatos los cerraba con una gran carcajada de placer.

Aquella tarde escribió la contratapa de mi poemario «Fosa común» de un tirón. Entonces me comentó que estaba poniendo una obra de teatro y que gran parte de sus libros se estaban traduciendo en Francia. (Nunca olvidaré esa tarde, en el pequeño entrepiso de madera en su departamento de la calle Marcelo T. de Alvear, en medias y con una viejísima Olivetti verde). Ese día me dejó la última lección: «Debemos entender que no siempre se es protagonista», me dijo refiriéndose a los cumpas que cayeron en La Tablada.

El 19 de enero de 2003, justo cuando iba a empezar una nueva Argentina, ese hombre y artista ejemplar llamado Pedro Orgambide nos dejó la posta y pasó a eternizarse en el rincón más tierno de la memoria de los corazones nobles de este país, inventando mundos, riéndose a carcajadas, caminando en medias: «calzando en la cintura la belleza, llevando la palabra remontada».

domingo, 2 de noviembre de 2014

ARMANDO TEJADA GOMEZ in memoriam


El 3 de noviembre de 1992 fallecía en Buenos Aires, Armando Tejada Gómez, poeta, letrista, escritor y locutor argentino, relacionado con la música folklórica. Su obra "Canción con todos", es considerada Himno de América Latina.

Nació el 21 de abril 1929 en Mendoza, hijo de Lucas Tejada, tropero (llevaba ganado de Mendoza a San Juan y Chile, a través de la cordillera), y de Florencia Gómez, casada a los 14 años. Hijo anteúltimo de 24 hermanos. Canillita, lustrador de zapatos, luego obrero de la construcción. A los quince años se compró un ejemplar del "Martín Fierro" que le despertó la pasión por la lectura y la poesía. Fue autodidacta: aprendió a leer y a escribir por sus propios medios "y en la calle", como él decía. Simultáneamente se despertó en él la inquietud por las injusticias sociales, volviéndose un activista político.
 
Comenzó como locutor en LV10 Radio de Cuyo, que alternó con su trabajo como obrero de la construcción. Comenzó a componer canciones junto al músico Oscar Matus, también mendocino y  esposo de Mercedes Sosa, en lo que sería una larga sociedad. Hombre de una vasta obra literaria y multipremiado, Armando Tejada Gómez es considerado como uno de los mejores exponentes del folclore argentino. Autor de tantas poesías y canciones, y de cierta obra en prosa que fuera prohibida y que aún no se conoce en Argentina como la novela "Dios era olvido".
Yo tuve la suerte de que me "apadrinara". Cuando gané el premio nacional de poesía del Fondo Nacional de las Artes, 1986, me llevó a la Editorial Torres Agüero, donde él editaba toda su obra, y me hizo publicar mi libro "Elementos", que lleva su prólogo ("sos un privilegiado, pendejo, sos el único al que le escribí un prólogo", me dijo).
Aprendí mucho de él, sobre todo en las sobremesas de su casa en Barracas, y en Gernica, la finca donde conocí a varios artistas. También tuve el honor de compartir algunos escenarios con él en esa locura que hicimos juntos: la "Cooperativa de artistas Tome y Traiga" (recuerdo que una vez tuvimos que suspender un recital porque afuera estaban alzados los milicos "carapintadas"), de la que participaban algunos queridos artistas como Elvio Romero, Marcos Silver, el Moncho Mieres, Claudito Sosa, Cecilia Palacios, entre otros.
Nos perdimos en el desparramo del 23 de enero de 1989. Y no nos volvimos a ver. Un día, una tarde de primavera, pero sin primavera, en el bar "Carlitos", al lado de SADAIC, encontré a aquel hombre tan vital que solía llevar un poeta joven al costado mostrándole la vida (como había hecho conmigo), tendido en una mesa. "Ya estamos al final, pendejo", me dijo. Y esa fue la despedida. Todavía llevo esa cicatriz.
Creo que -aún, todavía- la literatura argentina y latinoamericana le debe los honores correspondidos con gran derecho. Aquí mi homenaje a mi maestro y amigo.
ALEJANDRO CARRIZO

lunes, 30 de junio de 2014

CALLES




y el poeta derribado
es el árbol rojo que señala
el comienzo del bosque
                        Jorge Teillier

Y un día volví (porque siempre se vuelve) a caminar las calles de Tucumán. Mi alma se puso las manos en los bolsillos y, perplejos como un niño, mis ojos se detuvieron en las esquinas de la memoria.

Agarré por Chacabuco, hasta la 24, a “La Lechería”, para tomarme un amarillo con Carlos Michaelsen Aráoz, pero no estaban, ni él ni el bar. Entonces seguí por Junín, hasta “La Cosechera”, para leer poemas con Elba Naigeboren y Nito Racedo, pero tuve que seguir de largo. Doblé por San Martín y frente a donde estaba “El Condado” los ojos de los fantasmas me dijeron levemente adiós con un pañuelo de olvidos. Después pasé por “El Central”, mi alma gritó “¡compañeros!”, pero no salieron ni Larry Janzon ni René Molina. Volví por 25 hasta el “Hotel Corona” y no estaban ni Casacci ni el Bebe Alvarez. Luego crucé –en vano– hacia “El Buen Gusto” para tomarme una ginebra con el Pancho Galíndez mientras Fernando Arce nos recitaba poemas de Juan Gelman (¡qué habrá sido de aquel piano!). ¿Para qué iba a ir a la Cineteca si no me acompañaría Eduardo Rosenzvaig?, ¿o a la Peña El Cardón sin Aurelio Salas? Tampoco me le animé al Bajo, para no ver el hueco que dejaron “El Gallo de Oro” o la peluquería de González.

Preferí ir directo a Muñecas al 200 porque allí, en “El Griego”, donde está la sala Paco Urondo, allí era mi cuarto en la vieja casona “la Machu-Picchu” (¿dónde andarán los chicos de “Joetuc”?). Sabía que no me iban a recibir ni el Buby Perrone ni José Augusto Moreno con el meñique levantado. Entonces, mi alma y yo, nos paramos al frente a mirar que ya no hay begonias en los balcones, ni balcones siquiera.

Entonces, casi en silencio grité: “¡Amores poéticos, salven el mundo!, ¡sálvenme! La poesía es la única geografía que perdura… Debajo de la puerta de la memoria dejo un sobre con mi corazón adentro”.

Me doblé el cuello del saco y me fui, despacio, por las calles enmusicadas del ocaso, cuerpeando aquellos versos de Raúl Galán: “Cuando digo Tucumán, me duele el alma”.


Alejandro Carrizo

domingo, 29 de junio de 2014

Ultimas noches con Ricardo Vilca y Cecilia Palacios, en la peña El Colorado (Buenos Aires), foto diario Clarín, 22 de junio de 2003.


domingo, 1 de junio de 2014

Bravo, Larry !!

Larry Jantzon

El siglo XIX llega a su fin y con él se desata la crisis del capitalismo. En Londres, en el número 287 de la calle Kennington Road vive -o mejor dicho sobrevive- Hannah, una menuda y simpática mujer que, habiendo dejado su hogar a los 16 años, se dedica a cantar y bailar en bien improvisados (y desesperados) espectáculos de music-hall de la compañía Gordon y Sullivan, con el seudónimo de Lily Harley.
Comienza a escasear el dinero y el trabajo. Hannah ya se ha separado de Charles -el padre de sus tres hijos- fundamentalmente por las desquicias del alcohol, pero ella no deja de trabajar para mantener a su familia. Una noche de función decide llevar al más pequeño y dejarlo (semi dormido) entre los bastidores mientras ella actúa. La dura vida con sus hijos en una fría bohardilla londinense y las largas trasnochadas con el alcohol obligado de los posaderos habían ido minando la salud de la bella Hannah. Esa noche, en plena función, su voz se estrangula, desaparece. Y la muchacha debe dejar el escenario entre risas y silbidos. El pequeño de apenas 5 años, ofendido por la burla a su madre (y empujado por el dueño del bar), sale a escena a reivindicar su nombre. Canta y baila con tanta frescura que vuelve en aplausos aquellos insultos. Por puro orgullo -y para gratuidad del mundo- había entrado a escena Charles Chaplin.
Cien años después, luego de los tiempos más violentos de la humanidad, luego de las más grandes utopías y las más profundas miserias, en Tucumán, Argentina, luego del más horroroso genocidio que estuvo a punto de acabar -y en muchos casos lo logró- con nuestra risa, entró a escena -tal vez a los empujones como Chaplin, tal vez con cierta idéntica frescura, y para devolvernos la risa- un muchacho alto, delgado, nervioso: Larry Jantzon.
Larry eligió el más difícil de los caminos que puede elegir un actor: el de comediante. Pero no se trató sólo de la abulia del Garrik de Juan de Dios Peza, que a todos hacía reír y sin embargo lloraba, o la desesperación económica de Chaplin. A Larry le tocó -diría él mismo- "bailar con la más fea". Tuvo la terrible misión de hacer reír a un pueblo entero donde se había instalado la tristeza estructural, el nihilismo de la posguerra, el desgano de la vida. Y sin embargo lo logró; arrancó sonrisas de la nada, de un teatro vacío, de plateas ocupadas sólo por pedazos de carne con número de documento. Larry dibujó lágrimas y sonrisas como si nada hubiera pasado, pero sin dejar de decir lo que a veces hay que decir "aunque a veces vengan degollando", como en la satirización de Torquemada, que le valió varios "aprietes".
Para eso, Larry debió estar en estado de magia permanente, en constante personaje, porque hacer reír es cosa seria, señores. Y era uno y el mismo en La Cosechera, en el desaparecido Buen Gusto, en la fusilada Peña El Cardón, en la calle o en su casa, en la íntima soledad o en el ritual de sus amistades (o desde el micrófono de una radio, que fue una de sus últimas actuaciones). Y esa tal vez sea una de sus mejores medidas, su virtud excelsa, su mejor puesta: la cosecha de amigos.
Larry Jantzon perteneció a esa raza suprema de actores tucumanos que supieron resistir a la tristeza con el arte, para bien propio y de su pueblo. Pero, claro, no es fácil; la entrega, a veces, se vuelve demasiada. Joven, muy joven, su corazón le dijo basta, bajó el telón. Aplaudan, señores, aplaudan.
Alejandro Carrizo
Sé libre, me dijo

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Corría la dictadura, dolía todavía (1980), pero más me dolía a mí porque había perdido en pocos meses a mis dos padres: el biológico: Alejandro Carrizo, y el simbólico: Manuel Castilla.
El "cuchi" Leguizamón fue a Tucumán con su espectáculo "Canciones con post-data", una joyita nostálgica de la oquedad. Yo tenía 21 años y le pedí una entrevista. "Sí -me dijo-, esperame en el bar de enfrente al hotel." Lo esperé más de 8 horas. Apareció a la madrugada y me pidió perdón. Se dedicó a escucharme. Allí me dijo: "No escribas canciones, ni nada atado a estructuras y formatos rígidos. Sé libre; que labure el compositor... Si los poetas no son libres estamos en el horno, hermano". Creí entenderlo y, dos años después, lo volví a ver con mi primer libro "Pena por Manuel Castilla". Me lo presentó en el Museo Pajarito Velarde, de Salta, junto a otro gran padre: César Perdiguero (en la foto, a la izquierda aparece también una mujer santa: la Catu, esposa de Manuel). Esa noche cantaron dos amigos: el Icho Vaca y la Melania Pérez. Esa frase: "sé libre" me marcó para toda la vida, creo.

A.C.
La cuchara de la vida

Generalmente, la olla del guiso guarda lo mejor en el fondo. Por eso dicen las abuelas que es bueno revolver siempre, para que aflore lo que se está cociendo allá abajo, más cerca del fuego. Y además para que todo el potaje, la mezcla, tenga buen gusto y se distribuyan mejor los nutrientes y las calorías, pero sobre todo el sabor.

La Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual vino a hacer las veces de una cuchara, a mover lo que estaba abajo. Así por lo menos parece que sienten los 10 vecinos de Iturbe –un pueblito de unos 300 habitantes a más de 3.000 msnm en la puna jujeña– que se llegaron al AFSCA Jujuy para solicitar una autorización para una radio comunitaria. Está funcionando, pero los equipos son obsoletos y no tienen licencia, además de querer participar de los Fondos Concursables. “Es más importante que la policía, que la escuela en muchos casos, y hasta que la salita de salud”, dijeron. “No hay casi medios de comunicación y por la radio llega todo más rápido, necesitamos ampliar la potencia para llegar a los parajes vecinos”. Son jóvenes del pueblo, ansiosos, ilusionados y limpios. Pero uno sobre todo me llamó la atención:
–Yo hago el noticioso de la mañana –me dijo mirando al suelo.
–Claro, leés los diarios –le dije tan obviamente.
–No... yo hago producción propia… De 9 a 12, todos los días.
–¿Escribís, o te mandan algún cable de agencia por celular? –seguí mi tonta investigación.
–Celular no hay, dicen que ya llegará con la nueva fibra óptica… A mí me leen los diarios… ella (a su lado estaba una jovencita coya, muy serena, hermosa, que lo miraba con total ternura)… Yo escucho, reinterpreto las noticias y luego las difundo…
–Pero ¿por qué?, ¿no sabés leer acaso? –insistí en el colmo de mi estupidez.
–Soy ciego, señor.
Y yo me quedé mudo, con un sabor dulce en el alma, pero mudo.

 
Alejandro Carrizo

domingo, 22 de diciembre de 2013

Devolveme la radio

Por Alejandro Carrizo



En mi opinión, en la espontaneidad reside la verdadera ideología. Corría 1976 y empezaba la dictadura más sangrienta de la historia argentina. Hugo “El coya” Condorí –obrero del ingenio Ledesma– ya se había “salvado” varias veces de la muerte, la última vez que había estado en la cárcel logró “confundirse” con los contraventores, aunque era uno de los presos políticos más buscados.
Pero llegó el día del famoso “viaje” a la Unidad 9 de La Plata (donde no supo más de compañeros como Arédez, Weisz, Patrignani y otros). El “traslado” empezó como a las 5 de la mañana. No tenía mucho para llevar; ya lo habían esposado y le pidió al guardia cárcel que le dejase llevar la radio (la única conexión con el mundo y con la libertad). El ladino no sólo no le permitió llevar la pequeña radio (una spica forrada en cuero), sino que se la robó.
Pasó el pabellón de la muerte, pasó la tortura, pasó la muerte, las desapariciones, pasó el tiempo, volvió la democracia, volvió la lucha ahora con los organismos de derechos humanos, empezaron los juicios por la verdad, luego los juicios de lesa humanidad (de la mano de Néstor y Cristina), y, hace unos días en Jujuy, se presentó la oportunidad de tener a los cinco represores frente a frente. El testimonio de El Coya fue singular, uno de los mejores aportes para la condena de los carceleros y de los abyectos como Blaquier (incluso si se profundiza la investigación, con la posibilidad de encontrar los cuerpos).
Al final del alegato, Condorí –el único sobreviviente de la histórica y combativa obra social– miró a uno de ellos a los ojos y le dijo: “Devolveme la radio”.

sábado, 2 de noviembre de 2013

IMPOSIBLE PERMANECER INDIFERENTE

Tal vez no sepamos nunca
qué fue lo último que viste.
Quizás un nogal centenario,
... enardecido en la selva.
Quizás el sol milenario, arriba de todo.
Quizás el negro monstruoso
de la venda en los ojos de los torturados.
Tal vez no sepamos nunca
exactamente a qué hora,
qué día,
bajo qué lluvia.
Pero sí sabemos, hermano,
que en la punta derecha
del banco de carpintero,
hay un pedazo de tu risa
bailoteando, como si nada,
con el pasodoble del serrucho.

Yo conservo intacta tu mirada
y afilado en el taller
está el canto de tu silencio.
Aunque ellos tengan,
Dios sabe dónde, tu cadáver.
Yo me he quedado con tu risa,
y abrazada al fuego casi loco,
es nuestra tu alegría.



Poema leído por Julia Salinas en una Audiencia. Lo escribió Ricardo Salinas (foto) en 1976, dedicado a su hermano Alfredo, desaparecido en 1975. Ricardo y su pareja Silvana estuvieron detenidos en la cárcel de Gorriti, en Jujuy. Fueron liberados y secuestrados horas más tarde y luego trasladados aparentemente al Arsenal Azcuénaga en Tucumán (los restos de Ricardo fueron encontrados allí; Silvana continúa desaparecida).

...Mi querido Alfredo, con quien compartimos hermosos momentos allá, en la casa de piedra la calle 12 de octubre y San Martín, en Tucumán, junto a nuestro querido primo: Marcelo Paz (que por aquellos días falleció de leucemia). Alfredo vino una noche de madrugada a despedirse. Saltó la tapia y nos dio un beso a todos. No lo vimos más. Pasados un par de años apareció en esa casa la novia de Alfredo (no recuerdo su nombre) con la hijita de ambos (que hoy tendría entre 38 y 41 años calculo). Yo creo -por su forma de ser- que la última imagen de los ojos de Alfredo fue "un nogal centenario enardecido en la selva". Este es mi recuerdo y mi memoria.
Alejandro Carrizo


martes, 23 de julio de 2013

LOS DISTINTOS QUE QUERÍAN SER IGUALES



Eran distintos. El pueblo no los doblegaba, ni la carbonilla que flotaba en el aire, ni la hediondez del bagazo o las acequias de cachaza; ni eso que no se veía pero que todos sabíamos: la opresión, esa angustia natural a la que estábamos ya todos acostumbrados. Los habrán marcado (como a todos) los barrenderos de la madrugada que barrían las calles con hojas de palmera, o quizá, en la infancia, el tableteo de la chorba (locomotora) con sus zorras (carros) llenas de caña rumbo al canchón del ingenio; los chistidos de los pespires en la noche; los grandísimos truenos de las tormentas en verano; el sabor y el aroma del mango, o el pin-pín escondido debajo la piel.

Pero eran distintos. Apoyaban la planta de los zapatos en la pared de la esquina y comenzaba una discusión. Ponían el paquete de cigarrillos en las mangas arremangadas de las camisas de grafa o entalladas, con cuellos en punta y desprendidos varios botones del pecho. Prendían el cigarrillo con el encendedor carucita y apagaban el pucho en la gruesa lona de los vaqueros Lee. La mayoría usaba alpargatas de yute en la tarde y mocasines clásicos para la noche. Tomaban café en el bar Novel. Allí discutían de política, por supuesto, pero también de cine, de literatura, de música, de sexo y de “la imaginación al poder”. Eran presumidos y rápidos con los chistes, hablaban en doble sentido y se hacían bromas que competían con la genialidad. Eran simpáticos y muy caballeros con las amigas o novias; tenían modos muy especiales de besar o de decirles algún piropo a las damas. Eran gentiles con los adultos (sobre todo con los viejos) y nunca estaban quietos. Uno solo tenía auto: el Gallo Cabrera; pero un Citroen 2CV que siempre se quedaba y había que empujar, así que cuando uno estaba en la parada de colectivo rogaba que no pasase Gallito porque te invitaba a llevarte y siempre terminabas empujando el carromato.

Los ofuscaban el pito (la sirena) del ingreso de los obreros a la fábrica y el maltrato y la miseria humana en los lotes, el hacinamiento y la violencia. Eran sensibles y solidarios. Eran chicos, podría decirse, de clase media, la mayoría hijos de comerciantes o empleados de “la empresa” que habían podido seguir sus estudios universitarios en Tucumán. Iban a bailar a la confitería “Comodín” o al club Centro Recreativo. Pero eran distintos. Si bien eran muy divertidos, más que bailar se juntaban en los rincones a conversar, es decir a discutir acerca de las injusticias de este mundo y de las posibles soluciones. Siempre, claro, con la planta de los zapados apoyadas en la pared.

Casi todos habían estudiado en la Escuela Normal de Libertador. Algunas casas guardarán, seguro, fotografías en blanco y negro de esos muchachos con flequillos tipo Beatles y pantalones Oxford, todos con ojos vivaces y sonrisas frescas. La famosa “década del 70”, la gloriosa, la triste.

Hace no muchos años falleció la mamá de Piquito Zafarov. Se murió de espera. Se sentaba todos los días en un silloncito en la vereda en la calle Entre Ríos a esperar a que apareciese Víctor (Piquito). Cuando iba al mercado o a hacer algún trámite al centro, dejaba unos pesos en la vecina, por si aparecía Víctor. Él –como la mayoría de aquellos lindos muchachos– había cometido el atrevimiento de estudiar mucho, de leer un montón, pero sobre todo de pensar y de ser sensible con los obreros de la fábrica o con la realidad social del país, pero desde los libros, desde los bares, desde los rincones de los bailes, o, como siempre, desde las discusiones que se armaban en las esquinas del pueblo con las plantas de los zapatos apoyadas en la pared.
Los chacales –los civiles y los armados– hicieron lo que ya sabemos: exterminaron dirigentes obreros y, por las dudas, a estos muchachos, los más lindos, los más inteligentes, los distintos, los que leían y pensaban. Trataron de no que no quedase rastro alguno; pero se le escaparon algunos detalles: en algunas esquinas de Libertador están, todavía, aquellas marcas en la pared de las plantas de los zapatos de aquella generación. Es una huella.


Alejandro Carrizo, Ledesma, julio 2013

domingo, 23 de junio de 2013

CONFIMADO: EL MARISCAL TITO ESTUVO EN EL NOA
Verosimilitud y esquizoperiodismo


…Lástima que Michel Foucault no anduvo por estas remotas tierras al sur de las Américas, como sí lo hiciera el Mariscal Tito, de quien tanto se ha hablado, escrito y elucubrado. Incluso se dice que hay gente que no sólo se agarró a trompadas por las distintas hipótesis del paso o no de Tito por la Argentina, sino que hasta se cambiaron los nombres, se deshicieron matrimonios, se redactaron jurisprudencias y se cambiaron hasta los apodos. Según trasnochadas investigaciones de lingüistas locales, el apodo de “Beto” fue creado para los Albertos (a los que antes les decían “Tito”) que  no deseaban quedar vinculados al gran caudillo yugoslavo –o croata, o triestiano, o austríaco, o tastileño, o esloveno, o genovés, o marplatense, o danubiense, o quizá tucumano, en fin.

Lo más importante no resultó el cambio de Tito a Beto, ni siquiera si estuvo o no el verdadero Mariscal Tito en Argentina, o en el noroeste argentino más precisamente; sino, lo más significativo fue que el cambio de Tito a Beto, o a Cacho, o a Pipo, Pancho, Pepe, Quito, Rolo, Lito, Quique, Nacho, Nico y etcéteras, nacieron de esas discusiones colectivas que se desataban en las esquinas o en los baldíos, en los bares o en las paradas de los trolebús, en las terminales de ómnibus y las sobremesas, en los patios de los conventillos y las parroquias. Que después devino en los Turco, Ruso, Tano, Gringo, Negro, o “sofaifa”, es decir, otra forma de hablar; o sea, otra forma de vivir. (“Otra manera de ser” me dijo mi querido Pedro Orgambide una tarde de invierno de 1989, en su casa de Marcelo T. y Junín, en que nos dolíamos todavía por el copamiento de “La Tablada”.) Es decir, digo, otra forma de leer.

Lo cierto es que de esos gentíos parece que nacieron las primeras bibliotecas populares, los centros vecinales y los sindicatos, los centros recreativos de socorros mutuos y los clubes bochófilos. (…) Quizá uno de los problemas más graves de culturización es que de allí nacieron las cooperativas, las ligas agrarias y las mutuales. Pero lo más estigmático, creo, para nuestro país es que allí se fundaron los clubes de fútbol.

Intrigas más, intrigas menos, estas crónicas –la mayoría apócrifas, por cierto– parecen dar cuenta de que el mentado Josip Broz Tito (o quien fuera, ya que habría tenido entre ocho y diez identidades, cuatro o cinco operaciones faciales y al menos dos personalidades) nació en Kumrovec, en 1892; algunos sospechan que era el hombre soviético dentro del movimiento de los No Alineados, aunque otros sostienen que era nacionalsocialista rojo en lugar de negro; que con sus guerrilleros campesinos pudo resistir el nazismo “con tácticas desconocidas” durante cuatro años; y, con similares estratagemas, al mismísimo stalinismo, pero no desde una geografía remota sino desde las barbas mismas de la NATO.

Según nuestra única e incuestionable fuente: el criptógrafo salto-jujeño Juan Carlos Matthews –especialista en raspaduras del corazón–, con relatos recogidos de la voz de su propia madre en la Quebrada del Toro, y ella de la propia voz del mismísimo Josip Broz en cuerpo y alma, es decir por la mejor de las vías, la más confiable al menos: la oralidad, el Mariscal Tito estuvo efectivamente acá.

El fundamento más preciso de nuestros oralistas es que, en medio de un tratamiento para el asma en plena Quebrada del Toro, Josip (o Walter) le dijo al (o a la) intérprete: “Yo llegaré a ser Tito”. El que cura de palabra sabe de eso.

Los documentos escritos pueden fraguarse, tergiversarse y falsificarse, incluso por el solo paso del tiempo; no así el registro de la voz humana en el recuerdo humano, más potente, real y confiable incluso que el carbono 14 y las pruebas de ADN. No olvidemos que los más de diez mil años de oralidad –con sus bemoles, yerros y aciertos– han sostenido, hasta aquí, a la especie humana mucho más que los apenas poco menos de quinientos años de escritura escrita.

El Mariscal Tito, según nuestros oralistas, llegó al puerto de Buenos Aires un 20 de octubre de 1930 en el barco de carga “Principesca María”, de bandera italiana. Puede ser que se haya instalado en Berisso, en la pensión “El turco”, sobre la calle Nueva York (por aquella época más concurrida que la Quinta Avenida), que haya comido en el restaurant “El águila” y trabajado en el frigorífico Swift (como la mayoría de aquellos más de doce mil inmigrantes que recalaron en la ciudad platense), pero fue por poco tiempo. De lo que no hay dudas, según los registros orales de la Cuesta del Obispo, es que fue uno de los creadores del movimiento sindicalista argentino, agitando a las masas obreras. También se sabe que fue “pincharrata”, hincha fanático, veneno de Estudiantes de la Plata, aunque algunos años después (y aún hoy) la obstinación de muchos sociólogos llegó a la ecuación de que si bien debería haber sido “tripero” a morir, es decir fana de Gimnasia y Esgrima de La Plata, como una coherente consecuencia ideológica y clasista, una vez más el Mariscal dio la nota: se hizo del “León de La Plata”, pero no por ideología o clase sino por los colores, que coincidían con los de su equipo, el Crvena Zvezda, de Belgrado. Los escudos y la camiseta de ambas instituciones eran rojo y blanco, a rayas, por lo que el Mariscal no dudó un instante en adherir sus emociones a Estudiantes. Incluso habría participado de un asalto a un banco para recaudar fondos para la causa anarquista argentina o para el club de sus amores. (Como hipotetiza el esteta Juan Acha: “el gusto, muchas veces, termina por decidir nuestras acciones”; es decir, la estética deviene una política, y una ética, claro está.)


                                          Parecían un poco formales los del Crvena, pero no eran.

Nuestros oralistas sostienen que en su paso por el país también hizo “formación de cuadros”; uno de ellos, de quien se hizo muy amigo, fue Segundo David Peralta (o Manuel Bertolatti), alias “Mate Cosido” (cosido con “s” porque tenía un tajo en la cabeza), el Robin Hood criollo.

Desde los fondos impenetrables de los montes chaqueños surgió el nombre de este bandolero social adoctrinado por el Mariscal: 1,65 metros de altura, delgado, cutis blanco y cabeza inclinada habitualmente. Los primeros que integraron esta célula fueron Eusebio Zamacola (el Vasco) y José Benítez (el Calabrés), luego se sumaron “el Chileno” y “el Noy”, y más tarde Juan Bautista Bairoletto (el Pampeano), Saúl González (el Rubio), Pedro Cardozo (Cardocito), Camazo (Monte Buey), el Negro (o Cuqui), Pascual Miño (el Tata), Pedro Ruiz (el Alemancito), Herrero (el Indio), el Boliviano, el Turco, y Pascual Peralta (Mate Cosido Chico), hermano de Segundo David.


El blanco ideal para esta banda fueron las compañías inglesas que explotaban a la gente y agotaban las riquezas del Chaco: la Forestal Ltda., Anderson, Clayton, Quebrachales, Bunge y Born, Dreyfus, y los bancos de los que esas empresas eran principales accionistas. “No soy un delincuente, soy una fabricación de las injusticias sociales” vociferaba este obrero gráfico tucumano, forzado a convertirse en bandolero social, que se pasó quince años asaltado a las compañías inglesas y repartiendo el botín entre la gente humilde de la región.

Anoticiado el Mariscal de que más de mil operarios de la CIA lo estaban buscando –dato confirmado por la especialista titista Carmen Verlichak–, limpió sus anteojos, tomó el precario bolso de piel de lampalagua que le había regalado un Paye en pleno Chaco y se alistó en el convoy que partió rumbo a la puna salteña para terminar la construcción del tren a Socompa.


                                                Cueva partisana de Josip y sus aliados

Haciéndose llamar Walter, el Mariscal instaló su rancho (construido a machete, adobe, paja y alambre dulce), en un paraje desapercibido entre San Bernardo de las Zorras y Huasaciénaga, a orillas del río Toro. Dicen que ya tomaba mate cebado, costumbre que había adquirido en el Chaco, en las reuniones de táctica y estrategia con “Mate Cosido” y sus compañeros. (Se sabe que le llamaba la atención ese tal Bairoletto.) En Salta, rápidamente se hizo amigo de un carrero, don Panta Mamaní, y de Patrocinio Aquino, un famoso domador de potros y adiestrador de llamas. Al principio se veía una lumbre en su rancho hasta altas horas de la noche. Para Jovanka, su novia croata, seguramente, pero también para sus amigos del Chaco y para los obreros de Berisso escribía largas cartas, algunas directamente con formato de ensayo o tratado político.


                        Ultima foto de Jovanka hallada en un baúl en los talleres del Tren a las Nubes. Sin fecha.

(De regreso de una misión en Chile, en los años ‘30 –donde se habría conocido, coincidido y trabajado arduamente con el Mariscal–, Juan Domingo Perón fue designado profesor de “operaciones combinadas” –que habría diseñado con Tito– en la Escuela Naval. Don Panta, el mensajero de la historia, junto a un áspero vino patero, solía comentar, con el rumor del río Toro detrás, que Josip, con el transcurso de los meses, fue dejando de escribir a sus discípulos chaquenses y a Jovanka –en otro momento contaré qué fue de la sexualidad de aquella hermosa morocha de ojos azules agitanados– y aumentando el caudal epistolario con los anarquistas de Berisso, pero sobre todo con “el Juancho”, como él lo llamaba. Si aguzamos el oído, podremos detectar el estilo del Mariscal en los primeros discursos de Perón. Incluso algunos lingüistas sostienen que el capítulo “Trabajo: dignidad y naturaleza” de la Doctrina Peronista pertenecería íntegramente al estilo de la pluma del Mariscal Tito. De todos modos, entre amigos, las coincidencias ideológica y literaria son simples anécdotas. Aunque el tiempo –“artilugio del azar”, como lo llamaba Borges– se encargaría, luego, de limar asperezas o, en fin, de esquizofrenizarlo todo; como se dice: barajar y dar de nuevo. Resignificar.

                                               Abraham Guillén fue otro amigo de "Walter".

Lo cierto es que desde 1921 el ingeniero norteamericano Richard Fontaine Maury no podía superar el tráfico de queso, charqui e higos hacia Chile a lomo de mula. Su frustración conoció la catarsis cuando “Walter” Broz le presentó la fórmula SHAJUNIANZ:
U q = a x (1 + (T) 1/4) x (1 + 0,012 x V1/2)2/3 x p 2/3, donde adicionalmente a es el coeficiente de 1,2 para vagones y 1,13 para locomotoras, T es el tráfico anual en millones de toneladas, y V es la velocidad en km/h.

El asunto es que “el zíngaro Walter” (como lo llamaba Fontaine) cambió el cálculo de rieles, durmientes y balasto, los esfuerzos verticales y horizontales, el balanceo, la trepidación, el rebote, el galope, el serpenteo y el vaivén. Sólo en una mañana le dio una clase magistral acerca del “alma de los rieles” (con deslices de conceptos anarco-sindicalistas) y lo convenció de traer los durmientes del Chaco (conseguidos baratos por su amigo Segundo David Peralta) y con la prospección [como buen gitano de los Balcanes sabía leer el futuro] de que un joven amigo suyo llamado Juancho un día expropiaría el ferrocarril a los ingleses e instalaría en el país un concepto nuevo: la justicia social. Eso no le creyeron mucho y todos se rascaban la cabeza en la región atacameña.

 
                            Envar El Kadri también habría participado en la hechura del tren...

El ingeniero yanqui-franco-kunza Ricardo Fontana Maury se rascó la barba incipiente y pelirroja y le hizo un ademán elocuente con sus manos callosas traducido como “¡metalé, nomás, haga lo que sabe!”. Nació así –luego de dejar para el recuerdo a la querida locomotora a vapor 1.300– la primera máquina del futuro “Tren a las Nubes” que el Mariscal bautizara como “Coche-a-Motor”. Dicen los lingüistas que, luego, el tren “Estrella del Norte” se habría llamado así en alusión a la estrella de cinco puntas de liberación nacional que dejara impresa en los primeros codos del Cochemotor el Mariscal y que luego fuera tomado por allegados al incipiente Ejército Revolucionario del Pueblo, cuando todavía se llamaban “Uturuncos”, en el abra de Santa Laura, en el límite entre Jujuy y Salta. (A este relato lo rescaté una tarde de mucho calor cuando hice parar a un hombre en bicicleta para que me auxiliara, por la insolación, el desconcierto y la superstición crecientes, en Santiago del Estero, por haberme extraviado de la casa del pintor Guadalupe Michi Aparicio, luego de un tremendo guiso de maíz; el viejito de la bicicleta era “Uturungo Serravalle, el guerrillero de los valles” (el Comandante Puma, el que tomó la comisaría de Frías con una ametralladora de madera), que iba al mercado a hacer unas compras; nos quedamos hablando largo rato de los quebrachos que ya no había en Santiago, y elucubrando acerca de hacia dónde habrían emigrado aquellos pájaros.)

                                               Tito con el Che. Lugar desconocido. Sin fecha.

(Aquí quiero hacer un paréntesis especial respecto de la importancia de las palabras, según Foucault –o Sausurre, o Lacan, o Paolo Virno también podría ser–: en Santiago del Estero al algarrobo no se lo llama “algarrobo”, se le dice “árbol”. Según el esteta santiagueño Joshela Scrimini –para lamento de Borges y Foucault–, es uno de los pocos, poquísimos casos en que el genérico es más particular que el particular; artilugios y exquisiteces de las rutas cuánticas que alcanza la oralidad en estado pleno. [Este dato podrá corroborarse en los archivos del “Nuevo Diario” de Santiago del Estero, Argentina –distintas épocas–, en la columna “El Zoco de la Buri-buri”, del criptógrafo Jorge Rosenberg, o mejor de su propia voz –como correspondería a un buen oralista hedonista–, en algún bar céntrico; y, mejor aún, si haciendo una seña de “ñ” con el ojo izquierdo cerrado y la comisura respectiva de la boca en elevación, se diera con algún integrante de la ancestral logia críptica “Odio y Rencor” que fundara el legendario poeta santiagueño Felipe Rojas.])

                                           Ultima foto de los primeros Uturuncos. Sin fecha.

Aquellas “tácticas desconocidas” que –según los historiadores– le habrían permitido al Mariscal tomar el poder y unificar Yugoslavia, enfrentar a los nazis, a los marxistas y a los yanquis al mismo tiempo, es producto –sin lugar a dudas– de la mezcla teórico-práctica de aquellas “operaciones combinadas” creadas con el joven Perón, las tácticas montaraces esgrimidas con Mate Cosido y la “guerra sutil de guerrillas” aprendida por Josip (también por fluido oralista) de un tal Martín Miguel de Güemes, en el Valle del Sianca (noroeste argentino, Sudamérica). Aunque don Panta y la señora que le curó el asma afirmaban que habrían presenciado los espasmos y transmutaciones que sufría el Mariscal mientras leía poemas manuscritos de un tal Paul Celan, que se los enviara en correspondencia clandestina minutos antes de arrojarse al Sena. [Los metamensajistas podrán –es debido– decodificar el códice que, a propósito, habría conservado hasta su ¿muerte? Jesús Ramón Vera.]

Dicen que, mucho tiempo después, luego de una actuación en Belgrado, Roger Waters se le arrodilló, le tomó la mano y le dedicó “Wish you were here” (canción que le habría sido escrita ad hoc [verificar la letra]). Los testigos que estuvieron más cerca de ese histórico encuentro afirman que Waters le susurró al oído y le agradeció (¡por anticipado, por supuesto!) por la caída de la Cortina de Hierro. Años después le habría dedicado “The Wall”. En tanto, el Mariscal le habría presentado las quejas porque la luna no tiene lado oscuro, pero le habría perdonado porque en la soledad de su despacho, en el piano de cola fabricado por él mismo y traído desde Salta, practicaba todos los días un poco de “Brilla tú diamante loco” y “Sapo cancionero” (respecto de este tema, hay varios musicólogos, como Radek Sánchez, que, después de muchos años de investigación, llegaron a la conclusión de que la autoría de esa zamba pertenece íntegramente al Mariscal Josip Broz –o Brozovich– Tito, compuesta en las nostálgicas caminatas del carnívoro guerrillero por la Quebrada del Toro en primavera, pero que se la regalara a un jinete que pasaba rumbo a Chile porque en Yugoslavia no hay SADAIC. Incluso, si atendemos bien la letra: ¿no sabes acaso que la luna es fría / porque dio su sangre para las estrellas, podemos concluir que en estos versos –más allá de su contenido subversivo– se vislumbra el singular estilo sutil, ingenioso, elevado, de nuestro Mariscal, que además, como sabemos, tocaba a la perfección el piano (se habría construido uno él mismo con madera de cardón) y hablaba varios idiomas –incluido el kunza, el quechua y el cacano, que aprendió, según se sabe, en los primeros seis meses cuando descansaba los domingos en Santa Rosa de Tastil–. Algunos oralistas coinciden con ciertos psico-urbanistas en encontrar coincidencias entre el trazado de la ancestral ciudad tastileña y la nueva Yugoslavia de los años 70: ecléctica y tan proyectada a futuro que no fue entendida, ya que guardaba, entre sus diseños y trazos el concepto de socialismo democrático o capitalismo humanizado (que aún hoy no ha sido comprendido por la humanidad toda) del Gran Mariscal Tito, que seguramente debe haber sido efecto de advección estético-filosófica producto de su paso por la región de la inconmensurable nación Atacameña o Kunza, en la región del volcán Llullaillaco.


Nuestros oralistas –que cada vez son más– sostienen que allí acuñó la frase: “aspiro a una sociedad donde se garanticen la liberación y la dignidad del trabajo, el pleno desarrollo de la personalidad humana”, ascesis que lo condujo y lo sostendrá –por siempre jamás– en la más absoluta gloria.



Alejandro Carrizo

sábado, 4 de agosto de 2012


La leyenda de la Rusa María
por Osvaldo Soriano





Nunca fue el hampa, aunque muchos se empeñen en contar leyendas de guapos y compadritos. Era, apenas, un bajo fondo donde recalaron maleantes y cafishios, en la penumbra de los prostíbulos y de las decrépitas pensiones. Hay que contar medio siglo de pasiones simples, recorrido por mujeres ajadas, sin esperanzas -ni deseos- de redención; por hombres valientes y mentecatos oportunistas que se acercaron a disputar los favores de las madamas. Y pocos son los que quieren hablar. Las lenguas no tienen memoria: nunca fue el hampa, pero el código del silencio todavía se respeta en el barrio bajo de Salta, como si contar su pasado fuera una manera de delación, a pesar de que los años han aprisionado la realidad y sólo se filtra -inexacta, contradictoria- la leyenda.

Buenos Aires
Fueron las primeras en abandonar la aduana; es que una sola valija sobraba para guardar unas pocas prendas, todo lo que Marìa y Sara Grynsztein traían a América. Más de veinte días en el mar, durmiendo a bordo del vapor "Victoria" en camarotes de segunda, aumentaron la ambición de María y la esperanza de Sara. Esta quería casarse, ser feliz lejos de Polonia; su hermana no se conformaba con tan poco. Sivila y Abraham, un matrimonio de judíos ortodoxos, se quedaron en Varsovia; ya estaban viejos para emprender aventuras y una ambigua inquietud los invadió cuando sus dos hijas decidieron alejarse. María tenía entonces 25 años, Sara dos menos.

Era el 19 de enero de 1922 y, por el momento, sólo les preocupaba encontrar una pensión y comprar una botella de vino. Al día siguiente festejarían el cumpleaños de María las dos solas, chocando los vasos para invocar, ante todo, la salud.

Eran hermanas, pero no inseparables. Eso lo sabía -no sin cierto dolor- la callada Sara. Se hace imposible, casi cincuenta años después, seguir minuciosamente los pasos de ambas, pero tal vez fueran aprendiendo el castellano de a poco, mientras se empleaban como sirvientas en esos hogares de clase media que habían seguido a Yrigoyen y que ahora se disponían a optar por una imagen menos popular, pero más refinada: la de Marcelo T. de Alvear. Por fin, Sara se puso de novia, se casó y fue a vivir a un departamento de la calle Tucumán 1335; María -frustrada en varios amores pasajeros- decidió aventurarse a tierras del interior.



Hacia 1927 (los últimos días de otoño, aseguran algunos memoriosos) se apeó en un tren que la llevó a Mendoza. No sabía bien qué hacer, pero le habían dicho que la provincia cuyana era una panacea que los conservadores conducían muy bien. Y lo que es mejor, dejaban vivir.

Mendoza
No estaba muy orgullosa de lo hecho hasta entonces, pero se tenía confianza. A los 31 años no era mal parecida: un metro setenta y dos de estatura, ojos marrón oscuro, cabello castaño, una figura bien proporcionada ("rellena", recuerdan algunos) y, lo más importante, nadie le concedería más de 25 años. Había tenido amores tumultuosos, como en las novelas radiales, pero nunca fue la heroína sino esa clase de villana que rompe matrimonios, degrada hombres; una mujer fatal, al fin.

Ella sabía todo eso y decidió jugar su chance. Una vieja meretriz mendocina la invitó a tomar el té muchas veces. Le contó que hay manera de ganar dinero y retirarse a tiempo; le dijo también que Mendoza era un campo de batalla del que podía salir victoriosa para iniciar luego otra vida mejor pero con dinero, para que nadie le dijera villana; ella podía ser más tarde la que levantara los ojos, altiva, permitiéndose despreciar. No lo pensó más: cuando llegó el invierno tuvo una habitación con una cama de dos plazas, un gran espejo, una fuente de agua con desinfectante. Vestía un pulover ajustado y pollera muy corta, bajo la cual asomaban los muslos blancos. Gustaba pintarrajearse porque "eso excita a los hombres", y había perdido la poca paciencia que le quedaba.

Media docena de clientes la visitaban cada día; era necesario disponer de diez pesos para hacerla trabajar. Cuando llegaba la madrugada, en el cajón de su mesa de luz había sesenta pesos; la vieja pasaba a retirar los treinta que le correspondían y cuando los guardaba sonreía, siempre sonreía con esos labios finos, sucios de rojo carmesí, y las orejas que le enmarcaban la mirada. María empezó a odiarla.

Una mañana -el día anterior habían cobrado los empleados- pudo contar 140 pesos. Estaba agotada: le dolían los riñones, las piernas, y había vomitado un líquido gris. Cuando llegó la madama a buscar su parte, María le mintió: "Hice 80 pesos", dijo. "No puede ser; ninguna hizo menos de 120", protestó la vieja. Discutieron, y María la vio retirarse temblando de furia. Creyó haber ganado; todavía era ingenua. En quince minutos la meretriz regresó acompañada de un muchachón que calaba sombrero echado sobre la frente, un traje negro muy sucio y el pecho descubierto por la camisa desprendida. La dejaron tirada, sangrando por la nariz y la boca; vomitaba otra vez: "¡Váyase al c...!" les gritó, y los puños se le lastimaron de tanto golpear en el suelo.

Hacía seis meses que estaba en Mendoza; comenzó entonces a trabajar por su cuenta, pero la amenazaron. Por un año y medio su historia se torna confusa, es difícil hallar a alguien que recuerde qué hizo. Se sabe, sí, que un amigo le habló de Salta, donde la oligarquía lugareña toleraba los prostíbulos y hasta los fomentaba. En 1929 hizo las valijas, que ya eran tres, guardó el dinero dentro del corpiño y se fue.




Salta
Las casas se dispersan por la calle Córdoba, algunas ganan Tucumán, Dean Funes y Catamarca. En el mismo lugar, hoy todo es diferente porque los cafishios que anidaban allí a comienzos de la década del ´30 ya no pueden acercarse, celosamente vigilados por los policías. Cuando llegó María, la pobreza era común a todas las mujeres de vida fácil. Reinaba por entonces una muchacha bonita que acaparaba el interés de los hombros. Era la mejor, sin duda, y aún hoy, ya sesentona, conserva su apodo: Cama e´bronce. Cuando los habitués la motejaron así, tenían sus razones. Todas sus colegas se conformaban con trabajar sobre catres de madera, cubiertos por frazadas agujereadas y quemadas por cigarrillos. Ella, en cambio, había invertido bien: lucía en su habitación una lujosa cama de bronce que entusiasmaba a los clientes.

María Grynsztein consiguió su primera amiga: la Guillermina, que la encauzó en el oficio. Antes (nadie sabe cuándo exactamente) se había casado con un hombre maduro, de apellido Lerner, dueño de un almacén de Córdoba y Tucumán. Quienes lo conocieron dicen que fue un hombre honesto, tranquilo, que disimulaba las actividades de su esposa. Ella trabajaba en una casa lindera; se había teñido el pelo y las cejas de rubio y comenzaba a coquetear con los mandarines locales. Al morir el marido, heredó la despensa; pero ella tenía pensados otros negocios más remunerativos: convenció a la Guillermina para que le vendiera el salón vecino, derribó la pared que lo dividía del antiguo almacén y montó el primer salón de señoritas. Tal vez como homenaje al lugar de su iniciación, lo inscribió con el nombre de El Mendocino, aunque sus clientes lo rebautizaron inmediatamente como El Chileno, por la presencia de una madama de dudoso origen. Contaba, al principio, con siete alegres chicas que había traído desde Tucumán, Córdoba y Mendoza. Sabía elegirlas; se cuenta que ella, personalmente, las sometía a un riguroso examen físico, aunque no se conformaba sólo con eso. Un hombre de confianza las exigía al máximo para saber hasta qué punto conocían su oficio. Muchas quedaban descartadas ante la atenta mirada de María. Desde entonces los clientes, engañados por su acento extranjero, en el que arrastraba las erres y cambiaba las ees por íes, le agregaron un apodo a su nombre de pila. Desde entonces se la conoció en el ambiente por La Rusa María.

Rápidamente el cabaret se hizo popular y tanto los salteños como los forasteros acudían a él para obtener un rato de placer. "Si no les gustaba lo que tenía, ella conseguía otras chicas", recordó un viejo habitué, ahora conductor de taxi. También citaba homosexuales, una tarea más delicada que requería prudencia y silencio. Hacia 1933, una de sus pupilas disputa con un cliente y escapa a la calle completamente desnuda; la Rusa sale detrás de ella y un vigilante que atraviesa una esquina la lleva presa. Fue su primera contravención, y en el prontuario policial está anotada la multa que le cobraron: quince pesos, moneda nacional.
La fama de esa mujer ambiciosa, aunque leal (según recuerdan las que fueron sus empleadas), trascendió más allá de Salta. Tuvo contacto con madamas que conseguían muchachas deseosas de ganar una buena cantidad de dinero por sus propios medios, y les exigió ante todo capacidad y conducta comercial. El negocio se fue agrandando: autorizada la prostitución en la provincia, la Rusa decidió abrir sucursales. Así nació El Globo, tal vez uno de los más lujosos salones de la época en todo el país. Allí hicieron sus primeras armas decepcionadas maestras y fatigadas costureras. En el hall de espera era posible tomar un buen whisky -o cerveza, si el calor apretaba-, charlar con una de las quince chicas y hasta echarles una mano encima sin cargo. Eso sí, cuando una habitación quedaba desocupada, la Rusa se ponía seria y gritaba: "¡Bueno, muchachos, vamos, a cortarse el pelo!".

Ser el preferido, el amante de una meretriz, es el sueño de todo rufián. Hace treinta años, Salta no era una excepción: las más célebres mujeres del barrio bajo -Cristina Reggi, Regina Ocampo, la Olla e´Barro- tenían el suyo, exclusivo, intransferible. El hombre obtenía de su mujer todo lo que deseaba pero debía resignar los favores de otras chicas; por fin, alguna vez la tentación ganaba; entonces lo encontraban agujereado a balazos, o con un cuchillo olvidado dentro de su espalda.

Melena Contreras llegó desde un pueblito del interior salteño. Iba a la capital para cumplir el servicio militar. Estaba solo y hasta parecía tímido. De vez en cuando merodeaba el bajo, miraba un rato a las chicas y se iba sin probar. Bastó que La Porota (una madama cincuentona) le pusiera los ojos encima para que el Víctor -el marido- y Hugo -el hijo- no le perdieran pisada. Lo que vieron entonces los hizo sospechar; el Melena comenzaba a derrochar dinero, a salir con mujeres; vestía ropas caras cuando colgaba la chaquetilla militar y, lo que es peor, frecuentaba el negocio de La Porota. No fueron precisas otras evidencias para Víctor y Hugo: una madrugada, Contreras apareció a orillas del río Arenales, echando sangre por cuatro agujeros. "Ni se quejaba; me acuerdo bien que el asunto se comentó mucho. ¡Era de fierro el chico!", entonó un abogado, a modo de responso.

Pero al Melena lo salvaron en el hospital y desde entonces fue, sin discusión, el amante de La Porota. Además de valiente, los memoriosos dicen que era "algo engreído", aunque quizás no sea ése el adjetivo que merecía. Los sábados por la noche, cuando al cine Victoria -el mejor cine de Salta en la época- iban los más circunspectos miembros de la burguesía, se aparecía vestido de smoking, chupando suave (desafiante) una larga boquilla. En cada brazo arrastraba una mujer (nunca exhibía a dos con el mismo color de pelo), rigurosamente vestida de fiesta. Reían, hacía hirientes comentarios en voz alta, pero nadie se animaba a molestarlos; Contreras ya era un personajes conocido pero -curiosa actitud en el ambiente- nunca quiso amistad con los mandarines lugareños.



Unión y fuerza
"Vos no te metás con la gente importante. Ellos son los que mandan, y si andás bien no vas a tener problemas." El consejo partía de La Rusa María, y ella supo lo que decía. Devota del Partido Conservador, sus salones mezclaban el amor con la política en vísperas de elecciones. Se cuenta que entregaba una buena cantidad de pesos para financiar parte de la campaña del partido y su influencia en las altas esferas era tal que nadie se atrevía a incomodarla. Parece cierto: el prontuario policial de María Grynsztein registra, hasta su muerte, sólo doce sumarios menores, ninguno se refiere a la traba de blancas ni al tráfico de drogas. En cambio hay concedidos varios certificados de buena conducta y ocho permisos para viajar al exterior.

Al finalizar la década del ´30 La Rusa tenía prestigio, cuarenta y cuatro años y un amante nuevo: Miguel, a quien más tarde asesinaron en Tucumán. Luego de los lamentos, decidió mudarse y compró el Armenonville, un cabaret situado en la calle Córdoba entre Tucumán y La Rioja, apenas a unos metros de El Mendocino. Por su vida pasó entonce un empleado ferroviario muy joven y celoso para los negocios; pero al año de conocerlo lo echó, y él, prudente, no volvió a meterse en su vida.

En la época de oro para el bajo fondo salteño, no pasaba noche sin escándalo, y ella -ya alejada del trabajo- se había convertido en empresaria de por lo menos cinco salones. Hombres populares de todo el país se acercaban a los tugurios para admirar esa tierra caliente en la que mandaba una sola mujer. Llegó la década del cincuenta y los amantes de La Rusa siguieron muriendo misteriosamente. Ella se dejó fascinar por el lujo y en 1953 levantó otro salón, Las Vegas, detrás del que instaló su propia casa, revestida de un lujo deslumbrador.

El derrumbe
El último acontecimiento de importancia en la vida de María sucede hacia 1962. Por entonces ella declaraba no tener parientes y hasta olvidó a Sara, cuyo rastro se perdió en Buenos Aires; su enorme fortuna no tenía -al parecer- herederos. Marcos Isaías Espeche, su segundo marido, había muerto.

A la caída de Arturo Frondizi, la gobernación de Salta fue confiada a Félix Remy Solá, un moralista que aborrecía la prostitución. Solá no tuvo mejor idea que clausurar la actividad del barrio bajo, y para ello apló a varios policías dispuestos a jugarse. No hizo caso a las explicaciones de La Rusa: "Yo cumplo una verdadera función social -alegó ella-; ¿qué sería de la juvetud si yo no cuidara su futuro? ¿Le gustaría a usted ver a su hijo convertido en un homosexual?". Todo fue inútil: la calle Córdoba se convulsionó primero, comenzó a vaciarse después, pero una enconada resistencia (casi de guerrilla) empezó a florecer entre las despreciadas mujeres. Las primeras intervenciones policiales fueron repelidas por las meretrices, prolijamente desnudas, con fuentes llenas de agua y desinfectante. Este recurso fue uno de los más difundidos: no era posible desalojar a las mujeres y exhibir sus atributos a los vecinos sin cometer una infracción que no se permitía entonces la policía. Así se entablaban revolcones y corridas hasta cubrirlas con frazadas o chaquetillas de los propios agentes. Una noche, luego de librada la batalla, cuando la policía se retiraba del Armenonville, un agente escuchó un ruido sospechoso dentro del ropero. Cuando abrió encontró a un hombre desnudo que se apretaba contra el fondo. "¿Qué hace usted aquí?", inquirió el funcionario. "¡Espero el ómnibus!", se burló el refugiado. También fue preso, pero aún se lo recuerda. "Era tan gracioso -contó un oficial de la policía- que nos caíamos al suelo de risa escuchando sus cuentos."

Menos gracioso fue lo que sucedió cuando allanaron la manzana en la que se hacían fuerte las prostitutas. Un centenar de vigilantes invadieron sus casas y las encontraron insólitamente vacías. Afuera llovía torrencialmente y el comisario advirtió que algún colaborador había sido infidente. Ordenó la retirada luego de una hora de intensa búsqueda. Al día siguiente regresó con todos sus efectivos y otra vez fue inútil: las mujeres estaban en cama -solas-, con las narices enrojecidas por la gripe. La noche anterior se habían refugiado en los techos, mientras la lluvia las bañaba, implacable.

Otra noche un cura fue sorprendido con una de ellas. Frente al funcionario policial que le enrostraba su falta de sensibilidad cristiana, el sacerdote se justificó: "Estoy aquí brindando a estas hijas de Dios mi apoyo moral ante el atropello". Cuando se vistió, lo dejaron ir.
Al finalizar Remy Solá su gestión la calma volvió al bajo. Pero el derrumbe había comenzado. La Rusa María se sentía enferma y pasaba las noches quejándose de fuertes dolores en el hígado. Alfredo, su último amante, la atendía son solicitud y trataba de obtener el traspaso legal de algunos de los bienes previendo un desenlace fatal. Una noche, en un tiroteo, el joven cayó herido por un balazo. Agonizante, lo llevaron al hospital, y allí La Rusa, enternecida, le regaló algunas de sus cosas; mientras, derrochaba dinero en especialistas y enfermeras. Alfredo se curó y despreció a la anciana amante. En 1963 ella tenía 67 años y estaba vencida. En agosto enfermó gravemente y el 27 de setiembre muriò en el Instituto Médico de Salta, mientras los médicos intentaban una cirugía. Su corazón, resentido por tanto trajín, no toleró la anestesia.

Nadie encontró un peso en su casa. Todas las pupilas del bajo fondo tuvieron que aportar una noche de trabajo para comprar el ataúd y pagar el sepelio. Cuando el breve cortejo la acompañó hasta el cementerio judío apareció un nuevo inconveniente: las autoridades se negaron a que esa mujer fuera inhumada en tierras de su propiedad. Luego de amargas discusiones ante el féretro, éste fue conducido a pulso hasta el campo cristiano; allí las beatas de la sociedad se interpusieron y le negaron derecho a descansar junto a los muertos ilustres. Hubo que pedir amparo judicial para poder dejar el cadáver bajo la tierra.

Nadie sabe quién heredó las últimas propiedades y la escasa cuenta bancaria que dejó. Algunos dicen que un sobrino llegó desde Buenos Aires, cobró y se fue. Otros aseguran que los últimos mantenidos se quedaron con todo. Quienes estuvieron directamente vinculados con el affaire prefirieron el silencio. Rosa, una de las pupilas preferidas, dijo a Panorama: "No se meta en esto, no vale la pena, la señora María fue única; confórmese con saber eso". Un mes atrás, despechada al enterarse de que se amante se disponía a abandonarla, una meretriz llamada Elsa, que trabajaba en la whiskería de Zabala 394, acusó a un abogado salteño de estar complicado en el tráfico de drogas. Elsa se convirtió en una soplona y pocos le dirigen ahora la palabra.

Es que había quebrado ese código que La Rusa María cultivó durante su reinado en el bajo. El silencio, para ella, era una forma de la dignidad. También una ética inquebrantable.

Revista El Duende, Jujuy, Año V, Nº 32, 1997